jueves, 7 de junio de 2012

Los recuerdos de mi camiseta


Esta mañana volví a despertarme sin querer salir de la cama, pero había cosas que hacer. Me visto, unos pantalones y esa maldita camiseta: blanca, y dos círculos concéntricos, uno rojo, uno azul. Salgo a la calle y noto un olor, y vuelven los recuerdos.





 Vuelven los recuerdos de un viaje de tres horas sola en avión, de llegar y que te esperen en el aeropuerto, de una hora y media en coche, de equivocarse el conductor y perdernos un poco y al fin llegar al destino.De bajar del coche y verme ante un edificio de cristal, de que al entrar me entreguen un sobrecito con mi nombre mal escrito y unas letras y números en la parte superior, 5W10, abrirlo y encontrar algunos papeles, una tarjeta y una llave.



De pasar la tarjeta por un sensor (día estropeado día funcionando) y entrar en mi nueva casa durante 3 semanas. De cargar con las maletas, dirigirme a mi edificio y que tengan que ayudarme a abrir la puerta porque sola no puedo. De llegar a una puerta azul, abrirla y ver mi nueva habitación.



De entrar y sentirme un poco sola. De bajar con los chicos que habían venido conmigo en el coche, los chicos de Sevilla, Josema, Eva y Miriam, de dar un paseo por la residencia, de descubrir el comedor, la lavandería, la sala común, de ver sus habitaciones, casi iguales que las mías y de salir a dar un paseo a investigar y perdernos. 


De descubir la parada del metro donde prácticamente acabaría viviendo esas tres semanas. 


Cuántas horas en esta parada. Cada día levantarse ir a clase y coger el metro aquí, y a la vuelta, un par de donuts en el Tesco de enfrente. Cuántas carreras para no perderlo, cuántas risas, como cuando  nos sentamos en las escaleras mecánicas para hacer el payaso, como cuando me enfadé con Alba y decidí que no tomaría el ascensor sino que subiría por las escaleras y vaya idea... 




Volver a la residencia e ir a cenar. Esas cenas que tanto detestaba al principio y a las que me volví adicta al final. Con sus extraños pistos, con la comida mexicana que sabía a lentejas, con las chuletas duras como leños,  pero con mis adorados postres de plátano y chocolate y los flanes con bizcocho, y el bizcocho de chocolate. Las cenas de contarnos todo lo que habíamos hecho en el día. Los desayunos con mi Germán porque Alba siempre se quedaba dormida, desayunos de bacon, tostadas con Nutella y sandía. Los almuerzos de resaca de los fines de semana con pizza o bocadillos ricos. Esos horarios que al principio nos parecían muy tempranos y después acabamos estando en la puerta del comedor antes de que abriesen para entrar los primeros. Las risas comiendo, mi primer día que no sabía en nombre de un Nacho y todos hicimos apuestas para ver como se llamaba, las discusiones con Andrea diciéndonos "looser"... En fin, el comedor. 




Y qué deciros de la sala común. Cuántas horas pasadas ahí. De trasnochar y al día siguiente no poder más y al salir de clase irnos a dormir la siesta a los sofás, que no eran muy cómodos, pero daban el avío. Horas muertas viendo jugar al ping-pong y aprendiendo luego. Conocer a mucha gente de todas partes : a nuestros amigos de Asturias (Héctor, Fran, Bea, Cormac, Nacho, Rafa, Javi...), a nuestros italianos, Andrea y Francesco y por supuesto mi hermana Bárbara, a mis otros chicos, Nacho, Germán y Blanquita, a Viola, Jay ,Miguel, Erol, Nik y Alba. A todos, todos tan geniales y especiales que no los olvido. Héctor, a quien le di un largo soliloquio la noche que lo conocí sobre mi vida y que era mi petardo preferido, Fran que era un pedazo de sol, Javi, que tenía mis mismos apellidos y nos dejó al irse una caja de cervezas, Andrea, que se metía conmigo más que ninguno, Miguel, que era portugués y hablaba mejor español que nosotros, Erol, que me enseñó la biblioteca de Londres, y mis chicos, Blanca, Germán y Bárbara, que me dieron momentos muy especiales, como cuando fuimos a Buckingham Palace a ver el cambio de guardia y nos aburrimos como ostras y a la vuelta estaba todo cortado y no podíamos coger el metro; Alba, que ya la conocía de largo, pero que me dio muchos momentos divertidos y también algún que otro cabreo. Todos. 









Y nuestras salidas por ahí. La vez que nos fuimos al Tower Bridge de paseo y nos dejamos a Alba en Monument porque se bajó del metro en mal momento. Las visitas a los museos con Alba y Germán, como aquella al de Historia Natural en la que Germán quiso ver todos y cada uno de los minerales, y donde disfrutamos como niños en la zona infantil. La visita a British Music Experience, de donde me traje la camiseta que me está haciendo recordar todo esto, donde estuvimos Alba y yo experimentando con nuestros talentos musicales. La visita a Madame Tussauds, al London Eye, al museo de la Guerra. Cuando fuimos a patinar sobre hielo y conocimos a ese chico tan guapo. Mi visitas solas a Tate Modern donde pasaba horas y horas absorta viendo arte contemporáneo, del que a mí me gusta. Nuestro día en Candem, donde todo era especial y diferente. El día que mientras esperabamos para subir al London Eye, conocimos a Ángel, y el día con el en Trafalgar Square y la noche jugando al ping- pong en la resi. Y lo más especial de todo, mi visita a la casa del artista que más admiro, Freddie Mercury, o debería decir las visitas. La primera fue un día tremendamente lluvioso, iba con Alba, la pobre se puso sandalias y se puso los pies chorreando, quizás la lluvia nos recordaba que el líder de Queen hacía ya 20 años que no podía cantar. La segunda, sola, un día, cogí el metro y me planté allí, sin saber por qué, pero allí estaba, emocionada, frente a la puerta de la casa del artista que tantas veces me había encogido el alma con su voz y sus letras. Tantas cosas vistas...













Tantos y tanto recuerdos, casi todos felices, pero llegó el final. Y tuve que volver a casa. No puedo olvidar esa noche, esa noche de beber cerveza con Andrea, Blanca, Bárbara, Miguel y Jay para despedirme. El abrazo que me dio Germán cuando me dijo que se iba a dormir. El nudo en la garganta cuando me despedí de Bárbara porque tenía que trabajar temprano al día siguiente, y el no darme cuenta de que se llevaba como recuerdo mío mi pintauñas verde. Las horas de espera al taxi con Blanca durmiendo en la terraza, el susto que nos dio Andrea, y al fin la despedida de Blanca. Con el alma triste, después de un largo abrazo me subí al taxi. El taxista no paraba de preguntarme cosas, y yo me aguantaba las ganas de llorar mientras veía pasar rápidamente las calles por donde horas antes paseaba con mis amigos, y casi tan rápido, cada recuerdo de esos 21 días. Y recuerdo esas 3 horas de avión, casi sin parar de llorar, mis lágrimas rodaban por mi mejillas todo el vuelo, mientras la señora de al lado me ofrecía chocolate. Y la llegada a Sevilla, y el reencuentro con mi familia, y la vuelta a la normalidad. 
Ahora, casi un año después, me pongo una camiseta y salgo a la calle y me vuelve el olor a Londres, a International Hall, a las comidas, a las cartas, a cerveza derramada, a ping pong y a todos vosotros. Y os sigo echando de menos.